Elecciones andaluzas en clave española

Las elecciones andaluzas, hasta ahora y durante décadas poco atrayentes porque el feudo socialista era intocable, revisten en estos momentos la máxima importancia, pues de ellas se van a extraer cruciales conclusiones. Hay que prestarles la atención que se merecen, de aquí este magnífico análisis de nuestro colaborador Enrique M. Sánchez Motos.

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Las elecciones autonómicas andaluzas son las primeras que se celebran desde que Pedro Sánchez llegó al poder el pasado mes de junio, tras ganar la moción de censura a Rajoy. Había manifestado, previamente, que, si ganaba la moción, convocaría inmediatamente elecciones generales, poco menos que para devolver la democracia al pueblo. Pero de inmediato cambió de parecer y, como se ve, no parece que vaya a haber crisis de gobierno, embajadas catalanas, carencia de Presupuestos, chasco en la renovación del CGPJ, etc. que se puedan interponer en su propósito. Pero contra el tiempo ni él puede. Susana Díaz convocó elecciones autonómicas andaluzas anticipadas para el 2 de diciembre de 2018, a fin de alejarlas lo más posible de las generales que convoque Sánchez.

Nunca se había visto mayor distancia, dentro del PSOE, entre el candidato a presidir la Junta y el Presidente del Gobierno. La candidata Susana Díaz rehúye al máximo las posibles fotos con Sánchez y limita, a dos actos, la participación de éste en la campaña electoral andaluza. El resto de barones socialistas, en particular García-Page (Castilla La Mancha), Lambán (Aragón) y Fernandez (Asturias), no quieren ni oír hablar de que se convoquen elecciones autonómicas y municipales conjuntas con las generales en 2019. ¿Por qué? Por las mismas razones que tiene Susana Díaz. Creen que las políticas que Sánchez está desarrollando en temas tales como el independentismo catalán y su creación de embajadas, tolerar la exclusión del castellano, puertas abiertas a la inmigración, etc. van a pesar en contra del partido socialista y pueden contagiar esa reacción crítica en las elecciones territoriales autonómicas y municipales.

El PSOE lleva gobernando en Andalucía más años de los que Franco gobernó en España. Durante ellos ha desarrollado campañas que le han permitido construir una gran clientela política, en gran medida mediante una lluvia de ayudas sociales, legales e ilegales (véanse los EREs, los cursos de formación, etc). También se atribuye al PSOE un gran nepotismo en la asignación de puestos y en nombramientos. La descentralización de la Administración y resto del sector público, en el Estado de las Autonomías, ha facilitado mucho la arbitrariedad en la cobertura de empleos públicos. Tener el poder durante casi 40 años genera muchas tentaciones de favorecer a los políticamente próximos. Hay que tener en cuenta que, en 2016, un 20% de los asalariados andaluces era empleado público, porcentaje muy superior a la media española que ronda el 17%.

A estas realidades hay que añadir que la política económica de la Junta, no ha sido muy positiva. Andalucía tiene un porcentaje de paro del 22,9% de la población activa, tasa superior a la nacional, que es del 14,9%. Esto quiere decir que la creación de empleo en la autonomía es baja, o que las ayudas llevan a optar por los subsidios sociales, en lugar de por el trabajo. Estos datos, resultantes de la política territorial desarrollada, sumados a los 40 años de gobiernos socialistas, llevarían por sí solos a un cambio de tendencia y a la búsqueda de otras alternativas políticas, que pudieran ofrecer mejores resultados. No obstante, la inercia del clientelismo político, creado por el PSOE, puede frenar este posible cambio. Pero, por otra parte, la política nacional, del gobierno socialista de Sánchez, es muy posible que pese también en las decisiones de los electores.

Las declaraciones de los partidos de oposición se mueven en la campaña en clave española. El PP insiste en que, en el futuro, va a quitar, en materia de educación, todas las competencias que pueda a las comunidades autónomas, para que haya un mismo temario y un mismo nivel en todo el país y para que los alumnos andaluces «no lideren el fracaso escolar». Ciudadanos acusa al PSOE, y al PP, de haber sido «cómplices de privilegios nacionalistas, renunciando a la igualdad de todos los españoles, y actuando como si el resto de comunidades autónomas no tuvieran nada que decir». Ciudadanos se compromete a «blindar la igualdad de los españoles» y acusa al PSOE de no tener un proyecto nacional. Vox denuncia el exceso de inmigración, debido a las políticas de “papeles para todos” que aplica Sánchez, con sus actitudes ante temas como el “Aquarius”, que trajo a Valencia a más de 600 inmigrantes, rescatados del mar, ante las costas italianas. Hace también una fuerte crítica al independentismo catalán, que ha llevado a muchos andaluces a retornar, o desear retornar, a sus pueblos de origen. El PP señala que quienes no estén dispuestos a «respetar nuestra cultura, nuestras libertades, nuestros derechos y nuestra Constitución, se han equivocado de país”.

El resumen es claro. En las elecciones andaluzas van a pesar mucho los temas nacionales. No se va a votar sólo la actitud de los partidos en la autonomía, sino también lo que hacen y proponen a nivel nacional. Esto interesa mucho a los partidos de oposición. A Ciudadanos para que se olvide su apoyo, hasta fechas recientes, al Gobierno de Díaz, y su pertinaz silencio, ante temas claves de corrupción de la Junta, como el caso de los EREs o de los cursos de formación. Al PP para ver si consigue convencer al electorado de que las débiles políticas de Rajoy y el 155 son cosa del pasado. A Vox para poder asegurar que su voto es útil y necesario para la política andaluza y española.

En este contexto el punto más débil de los partidos de oposición es el mismo: su credibilidad. El PP ya ha estado en el Gobierno. Cs, antes del 1 de octubre de 2017, “desaconsejaba a Rajoy el uso del 155”. Vox podría ser un voto poco útil. De igual manera, los puntos fuertes de estos partidos son los mismos: la claridad y potencia de sus mensajes, su disposición a mojarse en temas delicados (como, por ejemplo, Memoria Histórica, inmigración, corrupción) y su actitud, abierta a la colaboración futura, que será imprescindible después de las elecciones. En concreto ¿qué cabria sugerir como líneas específicas principales de campaña a cada partido de la oposición? La verdad es que a los tres les sugeriría prácticamente lo mismo. Después sería cada uno de ellos quien lo presentara a los ciudadanos con su talante actual, o con el nuevo que quieran mostrar en el inmediato futuro.

Les sugeriría que fueran fuertes, no al estilo Rajoy-Bárcenas, sino de verdad, dando la cara. Que ataquen al PSOE y a Díaz con el tema de la corrupción (EREs, cursos de formación, etc y los casos de nepotismo que conozcan), que aseguren que eso va a cambiar, si llegan al poder y que expliquen cómo lo harían. Que subrayen que Andalucía es tierra de convivencia y reconciliación y que propondrán la derogación de la ley de Memoria Histórica, para evitar su actual enfoque sesgado. Que resalten que exigirán la solidaridad interterritorial y la cooperación entre las autonomías. Que afirmen que controlarán la inmigración excesiva, incluyendo a los que acampan en los parques, sean europeos o no. Que manifiesten que exigirán que las concesiones de ayudas a los inmigrantes, no sean superiores a las que los andaluces puedan percibir, y que ejercerán un control efectivo sobre el uso de las mismas. Y por supuesto que serán cuidadosos, para no despilfarrar el dinero público, y transparentes en su dación de cuentas.

La claridad con la que, cada partido de la oposición presente, o no presente, sus propuestas en estos temas y la convicción que transmita al electorado de que las va a cumplir, serán determinantes. A la vez serán de gran utilidad para las próximas elecciones que se vayan a celebrar en España, sean generales, autonómicas o municipales. Hay muchas cosas que es necesario sean armonizadas en España, para construir la convivencia democrática. Decir a nivel general y a nivel local las mismas ideas fuerza, aunque no sean políticamente correctas, es lo que la ciudadanía reclama a los políticos. Actuar así es el camino necesario para reforzar la confianza en los partidos y en sus estructuras de liderazgo.

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